sábado, 26 de enero de 2013

El Juego



En ese tiempo una muerte era un azar desdeñado, una fórmula común desde la angustia ¿quién murió en abril?, ¿cuántos sostenibles le quedaban para el juego?
El retrato patético en el doble reflejo del vidrio era un hombre mirando hacia la nada oscura, hombre típico de otra zona, -de un territorio más complejo- decía, mientras fumaba el cigarrillo y acomodábase la boina caída hacia un lado por el viento de las tres de la tarde, todo con una especie de maniobra rutinaria.
No era famoso, pero escribía cada día con una desesperación por ser leído, pensaba historias que iban a parar despreciadas a la basura o en el fondo del archivo empolvado de un editor. La historia de un hombre típico de otra zona que tomaba el tren y al salir sujetaba con la mano izquierda una especie de gorro español, a las tres de la tarde. Pero era abril, y en ese tiempo una muerte era un azar desdeñado, un juego de sostenerse fuera de la lista de cadáveres y esperar la llamada de Madrid, de exilio, era contar cada tarde cuántos sostenibles le quedaban para el juego.

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