En ese tiempo una
muerte era un azar desdeñado, una fórmula común desde la angustia ¿quién murió
en abril?, ¿cuántos sostenibles le quedaban para el juego?
El retrato patético
en el doble reflejo del vidrio era un hombre mirando hacia la nada oscura,
hombre típico de otra zona, -de un territorio más complejo- decía, mientras
fumaba el cigarrillo y acomodábase la boina caída hacia un lado por el viento
de las tres de la tarde, todo con una especie de maniobra rutinaria.
No era famoso, pero
escribía cada día con una desesperación por ser leído, pensaba historias que
iban a parar despreciadas a la basura o en el fondo del archivo empolvado de un
editor. La historia de un hombre típico de otra zona que tomaba el tren y al
salir sujetaba con la mano izquierda una especie de gorro español, a las tres
de la tarde. Pero era abril, y en ese tiempo una muerte era un azar desdeñado,
un juego de sostenerse fuera de la lista de cadáveres y esperar la llamada de
Madrid, de exilio, era contar cada tarde cuántos sostenibles le quedaban para
el juego.
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