Decía que la noche
era una acumulación de hijos desterrados. Decía también que los humanos éramos
peces perdidos en la tierra, venidos del mar, de ese vientre verde azul a gran
escala. Yo, entre la rendija cálida de las sabanas seguía el movimiento de su
boca con la minuciosidad con que miraba las películas mudas de Charlot. Y en la
sombra éramos sólo dos peces ocultándonos de la tempestad terrible que afuera
vomitaba soldados y cadáveres.
Recuerdo haber oído
entre paredes una tarde a una mujer ahogándose en su llanto, como si la
hubieran lanzado desde un muelle.
Decía que ya no
estaba, entre pucheros desesperados que iban a callar en la redondez del cuello
de mi padre. Él cerraba la puerta para ocultar su rostro derrotado. Permanecí
frente a la perilla de pie, durante horas.
Años después
entendí que aquella tarde un pez se había escapado de su vientre, y que cada
vez que mi madre miraba la noche buscaba al desterrado, al hijo muerto.
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