sábado, 26 de enero de 2013

Madre que decía



Decía que la noche era una acumulación de hijos desterrados. Decía también que los humanos éramos peces perdidos en la tierra, venidos del mar, de ese vientre verde azul a gran escala. Yo, entre la rendija cálida de las sabanas seguía el movimiento de su boca con la minuciosidad con que miraba las películas mudas de Charlot. Y en la sombra éramos sólo dos peces ocultándonos de la tempestad terrible que afuera vomitaba soldados y cadáveres.
Recuerdo haber oído entre paredes una tarde a una mujer ahogándose en su llanto, como si la hubieran lanzado desde un muelle.
Decía que ya no estaba, entre pucheros desesperados que iban a callar en la redondez del cuello de mi padre. Él cerraba la puerta para ocultar su rostro derrotado. Permanecí frente a la perilla de pie, durante horas.
Años después entendí que aquella tarde un pez se había escapado de su vientre, y que cada vez que mi madre miraba la noche buscaba al desterrado, al hijo muerto.

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